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Editar es decidir, palabra por palabra, qué se queda.
Hay una versión de la edición que es cosmética. Lees el texto, ajustas algo de puntuación, cambias dos sinónimos, pasas la mirada general y das visto bueno. Esa edición no es edición. Es aprobación con maquillaje.
La edición real es decidir, palabra por palabra, qué se queda y qué se cae.
Cada palabra del output que apruebas es una decisión que tomas. No se asume: se toma. La pregunta para cada una es la misma: "¿esta palabra está aquí porque yo la quiero, o porque la IA la puso y no tengo razón para quitarla?" Esa pregunta cambia la postura entera frente al texto. Dejas de revisar para ratificar. Empiezas a decidir qué construir.
Esto vuelve la edición mucho más lenta. No es defecto: es el trabajo. La velocidad de la IA generando es desproporcionada con la velocidad humana decidiendo. Pretender que la edición sea tan rápida como la generación es entregar texto firmado sin haberlo decidido palabra por palabra.
El artesano lo sabe y aplica la proporción. Lo que la IA tarda treinta segundos en producir le va a tomar diez minutos editar. Y eso es correcto: en esos diez minutos es donde el texto se vuelve suyo. Cada palabra que se queda fue elegida. Cada palabra que se va dejó espacio para una mejor.
Cuando alguien te dice "tu texto", esa atribución implica que las palabras son tuyas. Si solo aprobaste, no son tuyas.
José
José Betancur
Ingeniero, escritor y arquitecto de futuros educativos. Escribe sobre tecnohumanismo enCódigo Humanoy dirige Imaginar Futuros EAFIT. Explora la intersección entre IA, creatividad humana y los futuros que podemos diseñar juntos.
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