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Saber cuándo parar es parte del oficio.
Hay una virtud que la productividad descuida: saber cuándo dejar algo terminado. La IA, con su facilidad para producir versiones, empeora el problema. Cada iteración parece poder mejorar la pieza un poco más, así que la sesión se alarga, las versiones se acumulan, y la decisión de cerrar se pospone.
Eso no es perfeccionismo. Es ausencia de criterio sobre el destino.
El artesano sabe cuándo la pieza está terminada. No porque sea perfecta (nada lo es) sino porque cumple su propósito para el contexto en el que se va a usar. Una silla que va a soportar a una persona durante años necesita un nivel de acabado. Una silla que va a usarse una noche en una fiesta, otro. Confundir los dos contextos lleva a pulir cosas que no necesitaban pulido o a entregar cosas que sí.
El criterio para parar viene de antes: del propósito que estableciste cuando empezaste. Si el documento es un memo interno que tres personas van a leer mañana, hay un nivel de acabado que es suficiente. Si es una pieza pública que va a tener tu nombre y peso de reputación, el nivel es otro. Aplicar el nivel equivocado en cualquiera de los dos casos es trabajo mal calibrado.
La IA no sabe en qué contexto va tu pieza. Te ofrece la iteración infinita. Quien decide cuándo se termina eres tú. Y esa decisión es oficio, no falta de ambición.
José
José Betancur
Ingeniero, escritor y arquitecto de futuros educativos. Escribe sobre tecnohumanismo enCódigo Humanoy dirige Imaginar Futuros EAFIT. Explora la intersección entre IA, creatividad humana y los futuros que podemos diseñar juntos.
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