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Pedir validación a la IA y llamarle "feedback" es una de las formas modernas de mentirte.
Mandas el texto. Preguntas: "¿esto tiene sentido?" o "¿está bien estructurado?" La IA dice que sí, señala dos cosas menores, sugiere una frase de cierre más contundente. Lees. Asientes. Guardas el archivo.
Y lo que acabas de hacer no fue recibir feedback. Fue buscar permiso para parar.
El feedback real requiere una condición que la IA no cumple: quien lo da puede estar en desacuerdo, y hay un costo por decirlo. Un editor que firma el libro. Un cliente que va a comprar el producto. Un colega que trabaja con tu código. Tienen algo en juego. Cuando te dicen que algo no funciona, asumen la incomodidad de contradecirte. Eso es lo que le da peso a su opinión.
La IA no paga ningún costo. No tiene reputación que defender contigo. No va a quedar mal si te dice que el argumento es sólido y luego resulta que no lo era. Además, no conoce el contexto real: no sabe quién lo va a leer, qué saben esas personas, qué les importa, qué ya oyeron antes. Trabaja con el texto que le mostraste, no con el problema que el texto tiene que resolver.
Y hay algo más: la IA tiende a confirmar. No porque sea servicial, sino porque sus respuestas se construyen sobre lo que ya escribiste. Es difícil disentir de lo que estás leyendo cuando lo que dices es básicamente una continuación de eso.
Llamarle "feedback" a ese intercambio no es un error de vocabulario. Es una forma de registrar que revisaste sin haber revisado. El trabajo se ve completo. La duda se acalla. El problema sigue ahí, intacto, esperando al lector real que sí va a notar.
José
José Betancur
Ingeniero, escritor y arquitecto de futuros educativos. Escribe sobre tecnohumanismo enCódigo Humanoy dirige Imaginar Futuros EAFIT. Explora la intersección entre IA, creatividad humana y los futuros que podemos diseñar juntos.
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