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Definir el problema es la mayor parte del trabajo.
Hay una distorsión que el chat introduce: parece que el trabajo es la conversación. Que mientras escribes y recibes respuestas, estás haciendo. Que el progreso se mide en mensajes intercambiados.
El trabajo real ocurrió antes.
Definir el problema (saber qué pieza no encaja, qué decisión está pendiente, qué información te falta, qué te restringe, qué importa que la solución cumpla) es lo que decide si la conversación va a servir. Y eso casi nunca pasa en el chat. Pasa en una caminata, en una libreta, en una conversación con un colega. En momentos lentos. En lugares donde la IA no está.
Una vez definido el problema, decirle a la IA cómo te ayuda es la parte fácil. El prompt sale solo porque sabes qué pides y para qué. Las iteraciones son ajustes finos, no exploraciones a ciegas. La sesión es corta porque la dirección estaba clara antes de empezar.
Los que usan mal la IA invierten esta proporción. Llevan al chat un problema vago y esperan que la conversación lo defina. La IA es buena rellenando vacíos, así que produce algo: estructura, opciones, recomendaciones. Pero lo que produce no es una definición. Es una respuesta al primer marco disponible, que probablemente no era el correcto.
El trabajo de definir el problema no se acelera con IA. Se hace solo, antes, y se nota después en la calidad de toda la sesión.
José
José Betancur
Ingeniero, escritor y arquitecto de futuros educativos. Escribe sobre tecnohumanismo enCódigo Humanoy dirige Imaginar Futuros EAFIT. Explora la intersección entre IA, creatividad humana y los futuros que podemos diseñar juntos.
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