Los límites del aumento

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Lo que firmes con tu nombre tiene que pasar por tu cabeza.

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Hay dos formas de aprobar algo: leído por, pensado por. La diferencia no se nota en el momento. Se nota después, cuando alguien te hace una pregunta sobre lo que firmaste.

"Leído por" significa que pasaste la vista. Te aseguraste de que no había errores obvios, que el tono era adecuado, que las cosas que decía no te contradecían. Aprobaste el conjunto. Esa aprobación es legítima para muchos contextos: documentos rutinarios, comunicaciones de bajo riesgo, piezas donde la responsabilidad real está distribuida.

"Pensado por" es otra cosa. Significa que cada afirmación importante pasó por tu evaluación. Que sabes por qué la conclusión es esa y no otra. Que puedes defender el argumento desde principios, no desde memoria del texto. Que si alguien lo cuestiona, no necesitas volver a leer el documento para responder: lo tienes adentro.

La diferencia entre las dos formas es invisible mientras nadie pregunta. Cuando alguien pregunta (y para las cosas que importan, alguien siempre pregunta) la diferencia se vuelve total. El que firmó leído por tartamudea, busca en el texto, dice "déjame revisar". El que firmó pensado por responde desde lo que sabe.

La IA aumenta la tentación del "leído por". Porque produce textos competentes que es fácil aprobar sin pensar. Y porque la pasividad del proceso (recibir y revisar) entrena un modo de aprobación que no requiere pensar nada de fondo.

La firma propia exige pensamiento propio. Si tu nombre va en algo, las ideas tienen que haber pasado por tu cabeza, no solo por tus ojos.

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José

José Betancur

Ingeniero, escritor y arquitecto de futuros educativos. Escribe sobre tecnohumanismo enCódigo Humanoy dirige Imaginar Futuros EAFIT. Explora la intersección entre IA, creatividad humana y los futuros que podemos diseñar juntos.

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