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La gracia de un trabajo no está en su perfección.
La IA es muy buena haciendo cosas perfectas. Sin errores ortográficos. Con estructura limpia. Con argumentos bien ordenados. Sin ripios. Esa perfección es real. Y, casi siempre, irrelevante.
Lo que distingue un trabajo del montón no es la perfección. Es la gracia. Y la gracia es lo que tu mano hizo distinto: la frase que nadie habría escrito así, el ángulo que solo tu cabeza tomó, la decisión estética que sale de tu historia, el detalle que es marca tuya y de nadie más.
La IA no puede producir gracia. Por diseño, produce el promedio competente. Y el promedio competente, cuando es perfecto, es exactamente el opuesto de lo que tiene gracia. Es funcional. Es publicable. Es indistinguible. Y por eso, en última instancia, es invisible: pasa por el lector sin dejar huella.
El trabajo con gracia tiene cosas que el lector recuerda. Una imagen específica. Un giro de frase. Un argumento que no esperaba. Una omisión que dice más que cualquier explicación. Esas cosas no salen de la perfección. Salen de un humano específico, decidiendo desde su lugar específico, haciendo elecciones que el modelo no habría tomado porque el modelo no sabía que esa elección era posible.
Si quieres gracia en tu trabajo, vas a tener que añadirla tú. La IA te da lo perfecto. Lo distintivo (que es lo único que importa al final) es trabajo tuyo, intencional.
José
José Betancur
Ingeniero, escritor y arquitecto de futuros educativos. Escribe sobre tecnohumanismo enCódigo Humanoy dirige Imaginar Futuros EAFIT. Explora la intersección entre IA, creatividad humana y los futuros que podemos diseñar juntos.
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